Crítica de jugar fútbol en el Parque Bustamante

parque bustamante

Iba caminando por el Parque Bustamante, sin caja de vino, porque iba con las niñitas. Salieron corriendo como locas hacia la gratuidad de los columpios y balancines y yo las seguí.

Un grupo de mozalbetes haciendo la cimarra correteaba con un balón, con tal infortunio que se les escapó y le llegó a un tipo que estaba unos metros más allá. El tipo, técnicamente no muy dotado, devolvió el balón con un pase mal calculado. Tan mal calculado, de hecho, que en lugar de llegar a los escolares, la pelota se dirigió, sin obstáculos, hacia mí. Pensé “Bueno, lo que sea que quede de respeto de las niñas hacia mí se va en esta tarde de invierno”.

Pero reaccioné.

Al llegar el balón hacia mí, con un solo y seguro movimiento de mi pie derecho, la paré. La maté. La pelota no tuvo oportunidad, quedó apresada entre mi pie y el frío suelo del Parque Bustamante. En un solo movimiento, me giré hacia los escolares y, con una precisión impensada de parte del chascón de lentes que andaba con abrigo, tiré una lienza hasta el pie de uno de los pingüinos, los cuales aplaudían enardecidos la calidad de la jugada.

Las niñas, embobadas por los juegos, no vieron nada de esto, pero no importa: yo sé que pasó.

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