Crítica de temblores

Los temblores podrían ser las únicas cosas que producen exactamente lo que son: temblores (claro que también está el dolor, que dicen que puede producir más dolor, o el mal, del que los más bonachones afirman que solo engendra mal, o los profesores de Pedagogía que aún se empeñan en formar más profesores; como sea, atendiendo al número de cosas que hay en el mundo, siguen siendo pocas, muy pocas cosas). El estremecimiento profundo que se siente al oír el a su vez más profundo estremecimiento de la Tierra se vuelve consustancialmente más profundo al comenzar a sentir el movimiento característico que sigue al estruendo. Se trata, sin duda, de uno de los fenómenos naturales más subvalorados a lo largo y ancho del orbe: el círculo vicioso. Uno en el que el temblor provoca más temblor, suposición frágil basada en la aun más endeble suposición de que el movimiento espasmódico de todo ser humano que al momento del temblor se encuentre de pie no hará más que exacerbar el espasmo del planeta. Es en esta serie de conjeturas más bien enclenques que algunos teóricos conductitas se apoyan para afirmar que la denominación adecuada es efecto columpio.

La aproximación deportiva parece más acertada, sosteniendo que el fenómeno digno de apreciar aquí es la competencia. Lamentablemente, los deportistas son una vez más víctimas de su optimismo al afirmar que el hombre tiene posibilidades de ganar esta lid de temblores con un entrenamiento constante, espíritu de superación y una dieta balanceada a base de carbohidratos y mucha, mucha jalea; en esta lucha, el hombre no tiene posibilidades contra de un planeta completo que se deja llevar por el impulso de un buen bostezo o un  merecido estiramiento. El triunfo moral, en este caso, se ve reducido a su mínima expresión, sobre todo cuando es la moral lo que, junto al led de 46 o más pulgadas, termina en el suelo.

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